Final de curso: el estrés invisible de docentes y alumnos
Introducción
El final del curso académico suele ser percibido como una etapa de cierre, celebraciones y descanso merecido. Sin embargo, para muchas personas dentro del entorno educativo —tanto alumnos como docentes— este periodo también representa una de las fases más intensas y emocionalmente exigentes del año.
A medida que se acercan las últimas semanas de clase, las exigencias aumentan: exámenes finales, entregas acumuladas, evaluaciones, y una constante sensación de tener que “llegar a todo” antes de que acabe el curso. A esto se suma la presión por obtener buenos resultados, cumplir objetivos o cerrar informes, lo cual puede desencadenar altos niveles de estrés, ansiedad y desgaste mental.
Es un aspecto poco visibilizado en el discurso educativo general. Solemos centrarnos en los logros, las calificaciones y los resultados, dejando en un segundo plano el impacto emocional que todo ese esfuerzo conlleva.
¿Qué sucede al final del curso académico?
Se acumulan las tareas, las responsabilidades y, con ellas, las emociones. Tanto alumnos como docentes llegan a esta etapa con una carga importante a sus espaldas: meses de trabajo, dinámicas grupales, presiones internas y externas, y en muchos casos, poca oportunidad real para parar, reflexionar y respirar.
Para el alumnado, este periodo suele implicar los exámenes finales, entrega de trabajos o proyectos, incertidumbre sobre el futuro y presión familiar o social por obtener buenos resultados, lo que a menudo se traduce en autoexigencia y miedo al fracaso.
En el caso del profesorado, el final de curso puede ser incluso más exigente ya que conlleva la corrección masiva de exámenes y trabajos, el cierre de informes, actas y documentos administrativos, reuniones de evaluación, tutorías finales, atención a familias y responsabilidad emocional acumulada.
En ambos casos, hay un elemento común: la sensación de estar al límite, tanto en lo físico como en lo emocional. El cuerpo pide descanso, pero la cabeza sigue activa, con la obligación de rendir un poco más antes de parar.
Estrés
Las manifestaciones más frecuentes del estrés son la ansiedad, los problemas de concentración, cambios de humor. Por eso, es fundamental que se puedan detectar señales de alerta y acompañar emocionalmente este proceso, validando las emociones y ofreciendo espacios de contención.
¿Qué podemos hacer? Recomendaciones prácticas
Ante un final de curso exigente y emocionalmente cargado, es fundamental promover estrategias que ayuden tanto a alumnado como al profesorado a transitar este periodo de forma más saludable.
Respeta tus ciclos de sueño puesto que dormir bien es clave para el rendimiento mental. Evita trasnochar, sobre todo en época de exámenes. Dormir bien consolida la memoria, regula el estado de ánimo y reduce la fatiga.
Aliméntate bien ya que una dieta equilibrada mejora la función cerebral. Evita abusar del azúcar o la cafeína, que pueden generar picos de energía seguidos de bajones.
Mueve el cuerpo cada día. Se ha demostrado que el ejercicio físico libera endorfinas y disminuye los niveles de cortisol.
Practica técnicas de relajación como respiración profunda, mindfulness, visualizaciones o relajación muscular progresiva.
Rhodiola y Ashwagandha: apoyo natural frente al estrés
Dos de las plantas más conocidas en la prevención del estrés son la Rhodiola rosea y la Ashwagandha (Withania somnifera). Ambas pertenecen al grupo de los adaptógenos, sustancias naturales que ayudan al organismo a adaptarse a situaciones de estrés físico o emocional.
Rhodiola rosea: energía y claridad mental
Actúa principalmente sobre el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA), que regula la respuesta del cuerpo al estrés. Se ha demostrado que puede modular los niveles de cortisol, ayudando a evitar los picos de esta hormona que se asocian a fatiga, irritabilidad y problemas de concentración. También influye en neurotransmisores como la dopamina y serotonina, relacionados con el estado de ánimo y la motivación.
En estudios con personas sometidas a fatiga mental o estrés crónico, la Rhodiola ha mostrado beneficios en términos de rendimiento cognitivo, resistencia física y sensación de bienestar.
Ashwagandha: calma y equilibrio emocional
También actúa sobre el eje HHA, ayudando a regular la producción de cortisol. Contiene withanólidos, compuestos que se han asociado a efectos ansiolíticos y antiinflamatorios. Promueve una acción sedante ligera, sin generar somnolencia, lo que puede ser útil para reducir la ansiedad anticipatoria y mejorar la calidad del sueño.
Algunos estudios han encontrado que su uso continuado (normalmente entre 6 y 8 semanas) puede reducir de forma significativa los niveles percibidos de estrés y ansiedad general.
La Rhodiola y la Ashwagandha pueden ser herramientas complementarias para mitigar los efectos del estrés en épocas de alta exigencia, como el final del curso académico. Su uso, dentro de un enfoque integral que incluya hábitos de vida saludables, puede favorecer la adaptación emocional.
José Carlos Azón.

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